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lunes, 1 de agosto de 2016

Uno de los más grandes relatos del siglo XX - Del volumen Murciélagos


Maese Leonhard está sentado inmóvil en su si­llón gótico, y con los ojos bien abiertos, mantiene su mirada absorta clavada hacia adelante.

El reflejo del fuego de leñas que arde de lleno en el pequeño hogar tiembla sobre la tela rústica de su cilicio, pero el resplandor no queda adherido a nada de esa inmovilidad total que lo rodea; se des­liza por la larga y blanca barba, por la cara surcada y las manos sarmentosas, que en ese silencio de muerte, parecen como fundidas con el marrón y oro de la madera tallada en que se apoyan.

La mirada de Maese Leonhard permanece fija en la ventana, delante de la cual se alzan los altos túmulos de nieve que circundan la capilla ruinosa y semihundida en la que se halla sentado, pero en su mente puede ver las lisas y desnudas paredes de­trás suyo, la cama estrecha y modesta, el crucifijo colgado sobre la puerta carcomida; ve la jarra de agua, el pan casero de harina de hoyuco y el cuchi­llo con mango de hueso que se apoya a su lado en el estante del rincón.

EL GOLEM (I) - EL SUEÑO


Sí, no me he confundido en la impresión de que al­guién sube la escalera detrás de mí a cierta distancia, siempre igual, con la intención de visitarme, ese alguien debe estar ahora aproximadamente en el último tramo.

Ahora dobla la esquina en la que está la vivienda del archivero Schemajah Hillel y pasa, de los gastados bal­dosines de piedra, al pasillo del piso superior que está cubierto de ladrillos rojos.

Ahora va palpando a lo largo de la pared, y ahora, precisamente ahora, debe leer, deletreando con dificul­tad en la oscuridad, mi nombre sobre el letrero de la puerta.

Erguí mi cuerpo en el centro de la habitación y miré hacia la entrada.

Entonces se abrió la puerta y entró él.

Sólo dio unos pasos hacia mí, sin quitarse el sombre­ro ni decir una sola palabra.

Hubo un hombre llamado Meyrink… que dejó una huella indeleble



Infokrisis.- Tras el cierre del número 3 de la revista IdentidaD he podido disfrutar de un pequeño lapso de tranquilidad que he utilizado para releer la obra de un autor, como mínimo, “anómalo”: Gustav Meyrink. A ello concurrieron dos circunstancias, la lectura del tomo I de Introduzione alla Magia recopilada por el Grupo de Ur, a caballo entre los años 20 y 30, y la reordenación de mi biblioteca en la que las obras de Louis Pauwels han ocupado durante años un lugar destacado. En la famosa obra de Pauwels, elaborada codo a codo con Jacques Bergier, Le matin des magiciens, se reproduce lo que los autores titulan Un admirable texto de Gustav Meyrink. Ese mismo texto es el que 35 años antes el Grupo de Ur había utilizado para sus estudios sobre el mundo mágico.