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jueves, 11 de agosto de 2016

EL PAÍS DEL TIEMPO DE LAS SANGUIJUELAS


En el cementerio de la parroquia del pequeño pueblo de Runkel, un lugar apartado, como fuera del mundo, descansaba para toda la eternidad el cuerpo de mi abuelo. Su tumba de piedra estaba prácticamente cubierta de musgo y apenas se leía el epitafio. Pero bajo dicho epitafio, tan reciente como si hubiera sido hecho ayer mismo, se ven con absoluta claridad cuatro letras alrededor de una cruz:

V  I

V  O

VIVO [Así en el original. (N. del T.)]. Eso quiere decir estoy vivo. Ése fue el significado del que recibí noticia cuando leí por primera vez la inscripción, siendo apenas un niño. Una palabra que impresionó tan hondamente mi alma como si el muerto hubiera abandonado su tumba.

LA CASA DE LA ÚLTIMA FAROLA - TOMO I - EL RELOJERO


«¿Esto?, ¿arreglarlo?, hacer que marche otra vez?», preguntó asombrado el anticuario, empujando sus gafas hasta la frente y mirándome perplejo. «¿Por qué quiere usted ponerle en marcha? ¡Si sólo tiene una manilla!... ¡y la esfera carece de cifras!», agregó observando cuidadosamente el reloj a la viva luz de una lámpara, «en lugar de las horas sólo tiene rostros florales, cabezas de animales y de diablos». Empezó a contar; después alzó su rostro con un interrogante en su mirada: «¿Catorce? ¡El día se divide en doce horas! En mi vida he visto una obra más extraña. Le daré un consejo: déjelo como está. Doce horas al día son ya bastante difíciles de soportar. ¿Quién se tomaría hoy el trabajo de descifrar la hora según este sistema numérico? Sólo un loco.»

No quise decir que toda mi vida había sido yo ese loco, que nunca había poseído otro reloj, y que quizás por eso había venido demasiado pronto, y guardé silencio. De ello dedujo el anticuario que mi deseo de ver al reloj funcionando de nuevo seguía imperturbable; sacudió la cabeza, tomó un cuchillito de marfil y abrió cuidadosamente la caja guarnecida de piedras preciosas y donde -de pie sobre una cuádriga- se veía una criatura fantástica pintada en esmalte: un hombre con pechos de mujer, dos serpientes a modo de piernas; su cabeza era la de un gallo. En la mano derecha llevaba el sol y en la izquierda un látigo.

MURCIÉLAGOS (II) - MAESE LEONHARD


Maese Leonhard está sentado inmóvil en su sillón gótico, y con los ojos bien abiertos, mantiene su mirada absorta clavada hacia adelante.

El reflejo del fuego de leñas que arde de lleno en el pequeño hogar tiembla sobre la tela rústica de su cilicio, pero el resplandor no queda adherido a nada de esa inmovilidad total que lo rodea; se desliza por la larga y blanca barba, por la cara surcada y las manos sarmentosas, que en ese silencio de muerte, parecen como fundidas con el marrón y oro de la madera tallada en que se apoyan. La mirada de Maese Leonhard permanece fija en la ventana, delante de la cual se alzan los altos túmulos de nieve que circundan la capilla ruinosa y semihundida en la que se halla sentado, pero en su mente puede ver las lisas y desnudas paredes detrás suyo, la cama estrecha y modesta, el crucifijo colgado sobre la puerta carcomida; ve la jarra de agua, el pan casero de harina de hoyuco y el cuchillo con mango de hueso que se apoya a su lado en el estante del rincón.

MURCIELAGOS (I) NOTA PRELIMINAR


Corre el año 1909, tres jóvenes estudiantes de arquitectura se instalan en un atelier de Dresde. Son Kirchner, Heckel y Schmidt-Rottluf; sus ideas son simples: "dejarse seducir por todas las audacias, por todas las veleidades revolucionarias". Este es uno de los elementos excepcionales del panorama

alemán: la pintura precede a la literatura, la imagen a la palabra. Ha nacido el expresionismo. Los artistas actúan casi por instinto, las telas son invadidas por la brutalidad de los colores y la violencia de los paisajes. Munch, Ensor, Rols, Redon y Kubin arrastran a los escritores y a los músicos, quienes comienzan los primeros experimentos que acabarán en el atonalismo. Todos los marcos del realismo y el romanticismo son desbordados, Wagner deja lugar a Schoenberg. Esto acaba con un largo período de literatura realista producto de la reacción contra el romanticismo.

EL GOLEM (XVIII) - LIBRE


El coche se detuvo al cabo de unos pocos metros.

—¿Hahnpassgasse, señor?

—Sí, sí, pero de prisa.

De nuevo caminó un trecho el carruaje.

—Por amor de Dios, ¿qué pasa?

—¿Hahnpassgasse, señor?

—Sí, sí. He dicho que sí.

—No podemos entrar en coche en la Hahnpassgasse.

EL GOLEM (XVII) - LUNA


Al cabo de un rato le pregunté:

—¿Lo han interrogado ya?

—Vengo ahora mismo de ahí. Espero no tener que molestarle a usted aquí mucho tiempo.

«Pobre diablo», pensé, «no sabe lo que le espera a un preso en detención preventiva».

Quise irlo preparando poco a poco.

—Uno se va acostumbrando a estar sentado en silen­cio, cuando pasan los primeros días, los más difíciles. Puso cara amable, de compromiso. Pausa.

—¿Ha sido muy largo el interrogatorio, señor La­ponder?

EL GOLEM (XVI) - MAYO


A mi pregunta de qué fecha era —el sol calentaba tanto como en verano, y el cansado árbol del patio te­nía algunos capullos— el guardián permaneció al prin­cipio en silencio: pero después me susurró que era el 15 de mayo. En realidad, no lo podía decir, porque estaba prohibido hablar con los presos, especialmente con aquellos que no habían confesado su crimen y de­bían perder el control del tiempo.

¡Ya llevaba tres meses enteros en la cárcel y todavía seguía sin noticias del exterior!

Al oscurecer entraban por la ventana enrejada, que ahora en los días calurosos permanecía abierta, las sua­ves notas de un piano.

Uno de los presos me comentó que la hija del encar­gado de la despensa era la que tocaba el piano cada día al anochecer.

EL GOLEM (XV) - TORMENTO


Tuve que caminar de noche por las calles iluminadas con las manos atadas y un policía con la bayoneta cala­da detrás de mi.

Bandas de chicos me seguían, escoltándome a dere­cha e izquierda alegremente, las mujeres, abriendo las ventanas, me amenazaban con sus cazos y gritaban in­jurias a mi paso.

Desde lejos vi acercarse el macizo cubo de piedras que formaba la prisión cuyo letrero, sobre el frontón, decía:

«La severidad de la justicia
protege a las personas honestas.»

martes, 2 de agosto de 2016

VAMPIROS, LADRONES DE TIEMPO


Mi abuelo está enterrado en el cementerio de Runkel, pequeña ciudad perdida en los límites de la provincia. En su losa sepulcral, cubierta de espesa capa de musgo, se leen, bajo la fecha casi borrada por el tiempo, y tan brillantes como si hubiesen sido grabados en la víspera, estos caracteres, en forma de cruz:

V     I

V     O

«VIVO»: sigo existiendo, quieren decir estos signos, me dijeron cuando, aún niño, leí la inscripción por primera vez. Esta se grabó profundamente en mi alma como si el muerto me la gritara desde el fondo de la tierra.

¡«VIVO» -sigo existiendo-, extraño epitafio! Aún ahora me parece escuchar su resonancia y cuando pienso en él siento la misma sensación de antaño. Veo a mi abuelo, a quien no conocí, yaciendo bajo tierra, intacto, con las manos juntas, los ojos muy abiertos e inmóviles, incorruptible en el reino de la putrefacción, aguardando apacible y pacientemente la resurrección.

EL GOLEM (XIV) - ARDID


Un día gris, ciego.

Había dormido hasta bien entrada la mañana, sin soñar, sin sentir, como en un letargo.

Mi vieja sirvienta no había venido, o había olvidado encender la calefacción.

Ceniza ya fría en la caldera.

Polvo sobre los muebles.

El suelo sin barrer.

Iba de un lado para otro tiritando.

En la habitación había un desagradable olor a aguar­diente barato. Mi abrigo y mis ropas apestaban a humo de tabaco.

EL GOLEM (XIII) - MUJER


¿Dónde estaría Charousek?

Habían pasado casi veinticuatro horas y todavía no se había dejado ver.

¿Había olvidado la señal que habíamos concertado? ¿O es que no la veía?

Me acerqué a la ventana y puse el espejo de forma que los rayos de sol se reflejaran precisamente en el agu­jero enrejado del sótano.

La intervención de Hillel, ayer, me había tranqui­lizado bastante. Con seguridad me habría avisado si hubiese un peligro amenazador.

Además: Wassertrum no podía haber emprendido nada importante; nada más dejarme, volvió a su tienda; miré hacia abajo; justo, ahí estaba, apoyado detrás de las chapas de cocina, exactamente igual que como lo había visto esta mañana.

EL GOLEM (XII) - IMPULSO


Las horas del último día se me habían pasado volan­do. Apenas tuve tiempo para comer.

Un ansia irrefrenable de actividad física me había retenido desde la mañana hasta la noche junto a la mesa de trabajo.

Había acabado la gema y Miriam se alegró como una niña.

También había restaurado la letra «I» del libro Ibbur.

Me apoyé en el respaldo y recordé tranquilamente todos los pequeños sucesos del día:

Cómo llegó la mujer que me servía por la mañana, después de la tormenta, con la noticia de que el puente de piedra se había derrumbado durante la noche.

EL GOLEM (XI) - MIEDO


Tenía la intención de agarrar mi abrigo y mi som­brero e ir a comer a la pequeña taberna Zum alten Ungelt donde se reunían todas las noches, hasta muy tar­de, Zwakh, Vrieslander y Prokop y se contaban unos a otros locas historias; pero apenas entré en mi habita­ción se me fue la intención: como si unas manos invi­sibles me hubieran arrancado un paño o algo que lle­vara sobre el cuerpo.

Había en el aire una tensión de la que no podía dar cuenta, pero que, a pesar de todo, existía como algo palpable y que, en el transcurso de unos segundos, me dominó tan profundamente que al principio, a causa de la inquietud, no sabía por dónde empezar: encender la luz, cerrar la puerta, sentarme o pasear de un lado para otro.

¿Se había introducido o escondido alguien en mi ha­bitación durante mi ausencia? ¿Era el miedo de un hombre por ser visto lo que se me estaba contagiando? ¿Estaba acaso Wassertrum aquí?

EL GOLEM (X) - NECESIDAD


Una batalla de copos de nieve tenía lugar ante mi ventana. Las estrellas de nieve —diminutos soldados envueltos en abriguitos blancos y gruesos— caían en regimientos, unos detrás de otros, ante el cristal, siem­pre en la misma dirección, como huyendo todos juntos ante un enemigo especialmente peligroso. De repente se hartaban de huir y, por motivos misteriosos, pare­cían tener un ataque de rabia y retrocedían rápidamen­te hasta que de nuevo les caían, por arriba y por abajo, nuevos ejércitos enemigos y transformaban todo en un remolino sin arreglo.

Me parecía que hacía ya muchos meses de aquellos acontecimientos extraordinarios que acababa de vivir, y de no ser porque llegaban diariamente nuevos y ex­citantes rumores sobre el Golem, que me hacían revi­virlo todo, creo que hubiera podido sospechar, en un momento de duda, haber sido víctima de un estado de oscuridad anímica.

De todos los coloridos arabescos que los sucesos habían tejido a mi alrededor, el que aún se destacaba con tonos más intensos era lo que me había contado Zwakh sobre la muerte no aclarada del llamado «ma­són».

EL GOLEM (IX) - LUZ


Había llamado un par de veces a lo largo del día a la puerta de Hillel; no podía tranquilizarme, tenía que hablar con él y preguntarle qué significaban todos esos extraños sucesos; pero siempre me decían que no esta­ba en casa.

Su hija me pondría en contacto con él en cuanto lle­gara del ayuntamiento judío.

¡Una muchacha especial, esta Miriam!

Un tipo, como no he visto antes.

Una belleza tan extraña que en un primer momento no se podía captar; una belleza que lo deja a uno mudo nada más verla y que despierta una sensación inexplicable, algo así como una suave falta de valor.

EL GOLEM (VIII) - VISION


Estuve caminando, midiendo la habitación hasta muy entrada la noche, sin descanso, y me devanaba los sesos buscando cómo podría yo ayudarla a «ella». Muchas veces estuve a punto de bajar donde Schemajah Hillel y de contarle lo que me había confiado, para pedirle consejo. Pero todas las veces rechacé esta decisión.

Era para mí tan grande, tan importante, que me pa­recía una profanación molestarlo con cosas de la vida exterior; pero, después, en otros momentos me sobre­venían ardientes dudas de si en realidad había vivido todo eso, de hecho había ocurrido hace tan poco, y sin embargo parecía todo tan pálido y descolorido en com­paración con los acontecimientos tangibles del día trans­currido.

¿Acaso había soñado? ¿Podía yo —un hombre al que había sucedido el inaudito hecho de olvidar su pasado— aceptar ni por un segundo como seguro algo cuyo único testigo para confirmarlo definitivamente era mi memoria?

El Golem (VII) - NIEVE


«Mi querido y respetado maestro Pernath,

»Le escribo esta carta muy aprisa con un miedo te­rrible. Destruyala, por favor, en cuanto la haya leído —o mejor aún, tráigamela con el sobre. De lo contrario, no estaría tranquila.

»No confíe a ninguna alma humana que le he escri­to. ¡Tampoco a quien va a visitarlo hoy!

»Su cara noble y buena me ha llenado -—"reciente­mente"— (por esta pequeña alusión a un hecho del que usted fue testigo adivinará quién le escribe esta carta, pues temo escribir aquí mi nombre) de confianza. Esto, y el hecho de que su querido y bondadoso padre me diera clases siendo niña, me infunde el valor suficiente para dirigirme a usted, quizá como la única persona que pudiera ayudarme.

El Golem (VI) - DESPIERTO


Zwakh había subido las escaleras corriendo delante de nosotros y oí cómo intentaba calmar a Miriam, la hija del archivero Hillel que, atemorizada, le hacía mu­chas preguntas.

No me esforcé por escuchar lo que decían y adiviné más que entendí las palabras con que Zwakh contaba cómo yo había tenido un accidente y cómo venían a pedir que me dieran los primeros socorros para hacer­me salir de mi inconsciencia.

Todavía no podía mover ni un solo miembro y los dedos invisibles tenían aún agarrada mi lengua; pero mis pensamientos eran fijos y seguros y había perdido ya la sensación de terror. Sabía perfectamente dónde es­taba y lo que me pasaba y no me pareció extraño que me subieran como un muerto, que me pusieran sobre un camastro en la habitación de Hillel y... me dejaran luego solo.

El Golem (V) - NOCHE


Dejé, sin voluntad, que Zwakh me llevara escaleras abajo.

Noté que el olor de la niebla que entraba desde la calle a la casa se hacía cada vez más marcado y sensible. Josua Prokop y Vrieslander se habían adelantado unos pasos y se los oía hablar afuera, junto al portal.

—¡Tiene que haberse caído por la alcantarilla! ¡Al infierno!

Salimos a la calleja y vi que Prokop se agachaba y buscaba la marioneta.

—Me alegro de que no puedas encontrar esa absur­da cabeza —murmuró Vrieslander—. Se había apoyado contra la pared y su cara se iluminó y ensombreció de nuevo, al aspirar el fuego de una cerilla, en su corta pipa.

El Golem (IV) - PONCHE


Teníamos la ventana abierta para que saliera el humo del tabaco de mi pequeña habitación.

Entraba el aire frío de la noche y movía de un lado a otro los abrigos colgados detrás de la puerta.

—¡Ojalá volara el precioso tocado de Prokop! —dijo Zwakh y señaló el gran chambergo del músico, cuya ancha ala oscilaba como la de un pájaro negro.

Josua Prokob guiñó  alegremente ambos ojos.

—Lo hará —dijo—, seguramente lo hará...

EL GOLEM (III) - PRAGA


Charousek, el estudiante, estaba junto a mí con el cuello de su fina y delgada capa subido, y pude oír cómo los dientes le castañeaban de frío.

Puede contraer una enfermedad mortal en esta puerta tan fría y con tanta corriente, me dije y lo insté a que me acompañara a casa.

Pero él rechazó mi oferta.

—Se lo agradezco, maestro Pernath —murmuró tiri­tando—. Siento no tener ya tiempo; debo ir en seguida a la ciudad. ¡Además nos calaríamos hasta los huesos a los pocos pasos de salir a la calle! ¡El chaparrón no quiere amainar!

EL GOLEM (II) - Capítulo II


Sí, no me he confundido en la impresión de que al­guién sube la escalera detrás de mí a cierta distancia, siempre igual, con la intención de visitarme, ese alguien debe estar ahora aproximadamente en el último tramo.

Ahora dobla la esquina en la que está la vivienda del archivero Schemajah Hillel y pasa, de los gastados bal­dosines de piedra, al pasillo del piso superior que está cubierto de ladrillos rojos.

Ahora va palpando a lo largo de la pared, y ahora, precisamente ahora, debe leer, deletreando con dificul­tad en la oscuridad, mi nombre sobre el letrero de la puerta.

Erguí mi cuerpo en el centro de la habitación y miré hacia la entrada.

lunes, 1 de agosto de 2016

Uno de los más grandes relatos del siglo XX - Del volumen Murciélagos


Maese Leonhard está sentado inmóvil en su si­llón gótico, y con los ojos bien abiertos, mantiene su mirada absorta clavada hacia adelante.

El reflejo del fuego de leñas que arde de lleno en el pequeño hogar tiembla sobre la tela rústica de su cilicio, pero el resplandor no queda adherido a nada de esa inmovilidad total que lo rodea; se des­liza por la larga y blanca barba, por la cara surcada y las manos sarmentosas, que en ese silencio de muerte, parecen como fundidas con el marrón y oro de la madera tallada en que se apoyan.

La mirada de Maese Leonhard permanece fija en la ventana, delante de la cual se alzan los altos túmulos de nieve que circundan la capilla ruinosa y semihundida en la que se halla sentado, pero en su mente puede ver las lisas y desnudas paredes de­trás suyo, la cama estrecha y modesta, el crucifijo colgado sobre la puerta carcomida; ve la jarra de agua, el pan casero de harina de hoyuco y el cuchi­llo con mango de hueso que se apoya a su lado en el estante del rincón.

EL GOLEM (I) - EL SUEÑO


Sí, no me he confundido en la impresión de que al­guién sube la escalera detrás de mí a cierta distancia, siempre igual, con la intención de visitarme, ese alguien debe estar ahora aproximadamente en el último tramo.

Ahora dobla la esquina en la que está la vivienda del archivero Schemajah Hillel y pasa, de los gastados bal­dosines de piedra, al pasillo del piso superior que está cubierto de ladrillos rojos.

Ahora va palpando a lo largo de la pared, y ahora, precisamente ahora, debe leer, deletreando con dificul­tad en la oscuridad, mi nombre sobre el letrero de la puerta.

Erguí mi cuerpo en el centro de la habitación y miré hacia la entrada.

Entonces se abrió la puerta y entró él.

Sólo dio unos pasos hacia mí, sin quitarse el sombre­ro ni decir una sola palabra.

Hubo un hombre llamado Meyrink… que dejó una huella indeleble



Infokrisis.- Tras el cierre del número 3 de la revista IdentidaD he podido disfrutar de un pequeño lapso de tranquilidad que he utilizado para releer la obra de un autor, como mínimo, “anómalo”: Gustav Meyrink. A ello concurrieron dos circunstancias, la lectura del tomo I de Introduzione alla Magia recopilada por el Grupo de Ur, a caballo entre los años 20 y 30, y la reordenación de mi biblioteca en la que las obras de Louis Pauwels han ocupado durante años un lugar destacado. En la famosa obra de Pauwels, elaborada codo a codo con Jacques Bergier, Le matin des magiciens, se reproduce lo que los autores titulan Un admirable texto de Gustav Meyrink. Ese mismo texto es el que 35 años antes el Grupo de Ur había utilizado para sus estudios sobre el mundo mágico.