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martes, 2 de agosto de 2016

VAMPIROS, LADRONES DE TIEMPO


Mi abuelo está enterrado en el cementerio de Runkel, pequeña ciudad perdida en los límites de la provincia. En su losa sepulcral, cubierta de espesa capa de musgo, se leen, bajo la fecha casi borrada por el tiempo, y tan brillantes como si hubiesen sido grabados en la víspera, estos caracteres, en forma de cruz:

V     I

V     O

«VIVO»: sigo existiendo, quieren decir estos signos, me dijeron cuando, aún niño, leí la inscripción por primera vez. Esta se grabó profundamente en mi alma como si el muerto me la gritara desde el fondo de la tierra.

¡«VIVO» -sigo existiendo-, extraño epitafio! Aún ahora me parece escuchar su resonancia y cuando pienso en él siento la misma sensación de antaño. Veo a mi abuelo, a quien no conocí, yaciendo bajo tierra, intacto, con las manos juntas, los ojos muy abiertos e inmóviles, incorruptible en el reino de la putrefacción, aguardando apacible y pacientemente la resurrección.

EL GOLEM (XIV) - ARDID


Un día gris, ciego.

Había dormido hasta bien entrada la mañana, sin soñar, sin sentir, como en un letargo.

Mi vieja sirvienta no había venido, o había olvidado encender la calefacción.

Ceniza ya fría en la caldera.

Polvo sobre los muebles.

El suelo sin barrer.

Iba de un lado para otro tiritando.

En la habitación había un desagradable olor a aguar­diente barato. Mi abrigo y mis ropas apestaban a humo de tabaco.

EL GOLEM (XIII) - MUJER


¿Dónde estaría Charousek?

Habían pasado casi veinticuatro horas y todavía no se había dejado ver.

¿Había olvidado la señal que habíamos concertado? ¿O es que no la veía?

Me acerqué a la ventana y puse el espejo de forma que los rayos de sol se reflejaran precisamente en el agu­jero enrejado del sótano.

La intervención de Hillel, ayer, me había tranqui­lizado bastante. Con seguridad me habría avisado si hubiese un peligro amenazador.

Además: Wassertrum no podía haber emprendido nada importante; nada más dejarme, volvió a su tienda; miré hacia abajo; justo, ahí estaba, apoyado detrás de las chapas de cocina, exactamente igual que como lo había visto esta mañana.

EL GOLEM (XII) - IMPULSO


Las horas del último día se me habían pasado volan­do. Apenas tuve tiempo para comer.

Un ansia irrefrenable de actividad física me había retenido desde la mañana hasta la noche junto a la mesa de trabajo.

Había acabado la gema y Miriam se alegró como una niña.

También había restaurado la letra «I» del libro Ibbur.

Me apoyé en el respaldo y recordé tranquilamente todos los pequeños sucesos del día:

Cómo llegó la mujer que me servía por la mañana, después de la tormenta, con la noticia de que el puente de piedra se había derrumbado durante la noche.

EL GOLEM (XI) - MIEDO


Tenía la intención de agarrar mi abrigo y mi som­brero e ir a comer a la pequeña taberna Zum alten Ungelt donde se reunían todas las noches, hasta muy tar­de, Zwakh, Vrieslander y Prokop y se contaban unos a otros locas historias; pero apenas entré en mi habita­ción se me fue la intención: como si unas manos invi­sibles me hubieran arrancado un paño o algo que lle­vara sobre el cuerpo.

Había en el aire una tensión de la que no podía dar cuenta, pero que, a pesar de todo, existía como algo palpable y que, en el transcurso de unos segundos, me dominó tan profundamente que al principio, a causa de la inquietud, no sabía por dónde empezar: encender la luz, cerrar la puerta, sentarme o pasear de un lado para otro.

¿Se había introducido o escondido alguien en mi ha­bitación durante mi ausencia? ¿Era el miedo de un hombre por ser visto lo que se me estaba contagiando? ¿Estaba acaso Wassertrum aquí?

EL GOLEM (X) - NECESIDAD


Una batalla de copos de nieve tenía lugar ante mi ventana. Las estrellas de nieve —diminutos soldados envueltos en abriguitos blancos y gruesos— caían en regimientos, unos detrás de otros, ante el cristal, siem­pre en la misma dirección, como huyendo todos juntos ante un enemigo especialmente peligroso. De repente se hartaban de huir y, por motivos misteriosos, pare­cían tener un ataque de rabia y retrocedían rápidamen­te hasta que de nuevo les caían, por arriba y por abajo, nuevos ejércitos enemigos y transformaban todo en un remolino sin arreglo.

Me parecía que hacía ya muchos meses de aquellos acontecimientos extraordinarios que acababa de vivir, y de no ser porque llegaban diariamente nuevos y ex­citantes rumores sobre el Golem, que me hacían revi­virlo todo, creo que hubiera podido sospechar, en un momento de duda, haber sido víctima de un estado de oscuridad anímica.

De todos los coloridos arabescos que los sucesos habían tejido a mi alrededor, el que aún se destacaba con tonos más intensos era lo que me había contado Zwakh sobre la muerte no aclarada del llamado «ma­són».

EL GOLEM (IX) - LUZ


Había llamado un par de veces a lo largo del día a la puerta de Hillel; no podía tranquilizarme, tenía que hablar con él y preguntarle qué significaban todos esos extraños sucesos; pero siempre me decían que no esta­ba en casa.

Su hija me pondría en contacto con él en cuanto lle­gara del ayuntamiento judío.

¡Una muchacha especial, esta Miriam!

Un tipo, como no he visto antes.

Una belleza tan extraña que en un primer momento no se podía captar; una belleza que lo deja a uno mudo nada más verla y que despierta una sensación inexplicable, algo así como una suave falta de valor.

EL GOLEM (VIII) - VISION


Estuve caminando, midiendo la habitación hasta muy entrada la noche, sin descanso, y me devanaba los sesos buscando cómo podría yo ayudarla a «ella». Muchas veces estuve a punto de bajar donde Schemajah Hillel y de contarle lo que me había confiado, para pedirle consejo. Pero todas las veces rechacé esta decisión.

Era para mí tan grande, tan importante, que me pa­recía una profanación molestarlo con cosas de la vida exterior; pero, después, en otros momentos me sobre­venían ardientes dudas de si en realidad había vivido todo eso, de hecho había ocurrido hace tan poco, y sin embargo parecía todo tan pálido y descolorido en com­paración con los acontecimientos tangibles del día trans­currido.

¿Acaso había soñado? ¿Podía yo —un hombre al que había sucedido el inaudito hecho de olvidar su pasado— aceptar ni por un segundo como seguro algo cuyo único testigo para confirmarlo definitivamente era mi memoria?

El Golem (VII) - NIEVE


«Mi querido y respetado maestro Pernath,

»Le escribo esta carta muy aprisa con un miedo te­rrible. Destruyala, por favor, en cuanto la haya leído —o mejor aún, tráigamela con el sobre. De lo contrario, no estaría tranquila.

»No confíe a ninguna alma humana que le he escri­to. ¡Tampoco a quien va a visitarlo hoy!

»Su cara noble y buena me ha llenado -—"reciente­mente"— (por esta pequeña alusión a un hecho del que usted fue testigo adivinará quién le escribe esta carta, pues temo escribir aquí mi nombre) de confianza. Esto, y el hecho de que su querido y bondadoso padre me diera clases siendo niña, me infunde el valor suficiente para dirigirme a usted, quizá como la única persona que pudiera ayudarme.

El Golem (VI) - DESPIERTO


Zwakh había subido las escaleras corriendo delante de nosotros y oí cómo intentaba calmar a Miriam, la hija del archivero Hillel que, atemorizada, le hacía mu­chas preguntas.

No me esforcé por escuchar lo que decían y adiviné más que entendí las palabras con que Zwakh contaba cómo yo había tenido un accidente y cómo venían a pedir que me dieran los primeros socorros para hacer­me salir de mi inconsciencia.

Todavía no podía mover ni un solo miembro y los dedos invisibles tenían aún agarrada mi lengua; pero mis pensamientos eran fijos y seguros y había perdido ya la sensación de terror. Sabía perfectamente dónde es­taba y lo que me pasaba y no me pareció extraño que me subieran como un muerto, que me pusieran sobre un camastro en la habitación de Hillel y... me dejaran luego solo.

El Golem (V) - NOCHE


Dejé, sin voluntad, que Zwakh me llevara escaleras abajo.

Noté que el olor de la niebla que entraba desde la calle a la casa se hacía cada vez más marcado y sensible. Josua Prokop y Vrieslander se habían adelantado unos pasos y se los oía hablar afuera, junto al portal.

—¡Tiene que haberse caído por la alcantarilla! ¡Al infierno!

Salimos a la calleja y vi que Prokop se agachaba y buscaba la marioneta.

—Me alegro de que no puedas encontrar esa absur­da cabeza —murmuró Vrieslander—. Se había apoyado contra la pared y su cara se iluminó y ensombreció de nuevo, al aspirar el fuego de una cerilla, en su corta pipa.

El Golem (IV) - PONCHE


Teníamos la ventana abierta para que saliera el humo del tabaco de mi pequeña habitación.

Entraba el aire frío de la noche y movía de un lado a otro los abrigos colgados detrás de la puerta.

—¡Ojalá volara el precioso tocado de Prokop! —dijo Zwakh y señaló el gran chambergo del músico, cuya ancha ala oscilaba como la de un pájaro negro.

Josua Prokob guiñó  alegremente ambos ojos.

—Lo hará —dijo—, seguramente lo hará...

EL GOLEM (III) - PRAGA


Charousek, el estudiante, estaba junto a mí con el cuello de su fina y delgada capa subido, y pude oír cómo los dientes le castañeaban de frío.

Puede contraer una enfermedad mortal en esta puerta tan fría y con tanta corriente, me dije y lo insté a que me acompañara a casa.

Pero él rechazó mi oferta.

—Se lo agradezco, maestro Pernath —murmuró tiri­tando—. Siento no tener ya tiempo; debo ir en seguida a la ciudad. ¡Además nos calaríamos hasta los huesos a los pocos pasos de salir a la calle! ¡El chaparrón no quiere amainar!

EL GOLEM (II) - Capítulo II


Sí, no me he confundido en la impresión de que al­guién sube la escalera detrás de mí a cierta distancia, siempre igual, con la intención de visitarme, ese alguien debe estar ahora aproximadamente en el último tramo.

Ahora dobla la esquina en la que está la vivienda del archivero Schemajah Hillel y pasa, de los gastados bal­dosines de piedra, al pasillo del piso superior que está cubierto de ladrillos rojos.

Ahora va palpando a lo largo de la pared, y ahora, precisamente ahora, debe leer, deletreando con dificul­tad en la oscuridad, mi nombre sobre el letrero de la puerta.

Erguí mi cuerpo en el centro de la habitación y miré hacia la entrada.